
Hace un mes, cuando estuve en Mza., encontré muchas fotos y me traje algunas a casa. Revisándolas, se me ocurrió escribir la historia de alguna de ellas, como en el post anterior. No era mi idea relatar todos los “ires y venires” entre Barcelona y Argentina, pero a pedido de
Ensucorcel, debo relatar en qué terminó mi primer viaje a nuestro país luego de haber emigrado en el 2001.
1 de enero de 2.002. Año nuevo, vida nueva. A mediodía sale mi avión hacia Argentina. Saco dinero del cajero automático y me da los primeros euros!!! (hasta el día anterior eran pesetas). Tengo pasaje de vuelta a Barcelona para el 25 de enero. Me vendrán bien esos días con mi familia. Nunca en la vida estuve lejos más de diez días y ya hace 8 meses que no los veo. Necesito contención, consejos, descanso… Tengo miedo, mucho miedo. Las imágenes y la información sobre el país con la que me han estado bombardeando los medios españoles son de terror. Las veces que llamé a mi casa para preguntar me dijeron “está jodido, pero por acá la cosa está más tranqui que en Buenos Aires”, pero todos mis compañeros de trabajo me miran con cara de terror cuando les digo que vuelvo de “VACACIONES” a ese lugar que por televisión parece Sarajevo.
- De vacaciones a Argentina justo ahora??? Tú estás loca tía!!! Si están casi en guerra civil!!! Y llevan ya no sé cuantos presidentes en pocos días!!!
Si lo sabré! Hace días que con mis tres amigas argentinas con las que compartimos el departamento, lloramos viendo las noticias, o apagamos el tele para no ver, pero igual en todos lados se habla del tema.
- Menudo follón en tu país! Parece mentira, un país tan rico! – se asombran los catalanes.
Sin embargo, ahí estoy, en el aeropuerto. Quiero volver, pero sólo para arreglar todo y volver a Barcelona.
Mi primer pregunta al llegar a Ezeiza, a un empleado del aeropuerto, fue quién era el presidente. Ya no era el mismo del día anterior.
Cuando llegué a Mendoza las cosas se complicaron. En esos días todo el mundo quería la ciudadanía italiana para rajar lo antes posible. Todo se había endurecido y mi trámite, que, según el abogado, estaba casi listo, se trabó.
Sentí terror de que no me dieran la ciudadanía. Terror de tener que quedarme allí sin tener ni siquiera el magrísimo sueldo que cobraba antes de irme.
Fueron muchísimos viajes a Mendoza capital al consulado. Sólo faltaban 5 días para mi viaje de vuelta y sin ciudadanía no podía regresar.
Venía gente que yo no conocía, pero que sabían por otros que yo venía de España y me tocaban la puerta sólo para preguntarme si daba para irse. Me daba tanta pena! Sin papeles les esperaban tiempos difíciles y eran matrimonios con hijos chicos, que necesitaban cierta seguridad. Yo les aconsejé que si podían, aguantaran acá. Que sin ciudadanía era muy difícil. Que era una locura vender todo e irse así nomás. Y creo que los aconsejé bien.
Mi situación era distinta y sentía que en Barcelona me esperaban nuevas oportunidades y también necesitaba cerrar el tema con mi ex pareja. NECESITABA, NECESITABA, NECESITABA ese pasaporte.
Fue fantástico compartir esos días con mi familia, pero todo este tema hizo que fueran momentos cargados de tensión y angustia.
Finalmente, el 23 de enero, a sólo dos días de viajar me dijeron que me otorgaban la ciudadanía. Me hicieron pasar a hablar con la sra. Cónsul, que me atendió con muy pocas ganas y me aclaró que hacía “la” excepción con mi caso y bla, bla, bla. Me preguntó muchas cosas y hasta lloré.
Al día siguiente fui a buscar el pasaporte. UN DÍA ANTES DE VIAJAR!!! Realmente creí que nunca iba a llegar ese momento. Pero llegó y Aerolíneas Argentinas me llevó de regreso a Barcelona, pero esta vez mucho más fuerte, más decidida y con el corazón con menos agujeritos.